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Los cuadros de Russbelt Guerra se encuentran dirigidos a una escondida parte de nuestro ser que –a mi entender- navegan en un código furtivo llamado silencio. El silencio de sus cuadros reside en la agonizante melancolía de sus imágenes y en esa inefable purificación cromática: Es el silencio de los tiempos primordiales, misteriosamente trasuntados dentro de nuestro ser enfrentándose a su propia perplejidad de existencia.
Desde un punto de vista formal, los lienzos ostentan una estructurada rigurosidad: Sus elementos se articulan desde la perspectiva del ensimismamiento y la hermética extrañeza compositiva.
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Como los surrealistas, los cuadros de Russbelt Guerra se enceguecen por los enajenantes deseos. El tema del erotismo y la obsesión por la imagen femenina y todos los variantes simbólicos que el artista empieza a experimentar. En ellos se configura un erotismo torvo, cuyas musas vendadas con fardos deshilachados, progresivamente se van despellejando, horadándose, despojándose de sensualidad, -en suma- deshumanizándose.
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Uno de los rasgos atrayentes de este atónito universo es la pulida configuración del dibujo: En un exquisito delineamiento figurativo marcado y preciso, que aspira a recortar y dar forma a los fantasmas del subconsciente. 4
En conclusión, la inquietante pintura de Russbelt Guerra es como la de Giorgio de Chirico; pues, pincela interiores metafísicos que nos descifran -con lírica sutileza- la impávida contemporaneidad que se ha imbuido, perversamente, en nuestras desvencijadas almas.
Por:
Ricardo Musse Carrasco.